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“De la Confianza a la Expansión: Un Viaje que Inspira”

Actualizado: 1 oct 2024

En esa voz de mi alma había muchos mensajes, como un susurro familiar en medio del caos. En esos momentos complicados, sobre todo a nivel económico, sentía una parte de mí que me decía: “Tienes permiso para alejarte de lo que te pesa y seguir conectada a tu corazón”. Así que salía a caminar, a respirar profundamente, y agradecía por vivir en un lugar de playa, donde la energía del mar era para mí una de las mayores sanaciones. Allí, mis pensamientos podían fluir con la brisa. Mi alma me decía: “Haz una pausa y mímate”.


Decidí inscribirme en un curso para aprender a cocinar comida vegetariana equilibrada. Como madre de tres, sabía que quería ofrecerles a mis hijos y a mi esposo lo mejor en términos de nutrición. Compré libros y, siendo una amante de la cocina, me sumergí en la experimentación con vegetales, granos y recetas nutritivas. Mis alumnas, intrigadas por mis cambios, me preguntaban qué hacía, qué comía. Así, sentí la necesidad de compartir lo que aprendía y de integrar mis nuevos hábitos en nuestras vidas.


Organizaba paseos al supermercado naturista con ellas, donde les enseñaba a combinar proteínas vegetales y a preparar platos ricos y saludables. Luego, me formé en masajes y reflexología, y quise regalarles esos momentos de conexión con sus cuerpos: estiramientos, masajes, y una relajación profunda al final de cada clase. Agradecí a la vida por ponerme en este camino, que me permitió ayudar a otros a sentirse bien sin descuidarme a mí misma. Era un acto de amor, nutrir y acompañar a mis alumnas, casi como una “mamita” para ellas.


Recuerdo una charla con una astróloga que me dijo: “Liana, viniste a ser mamá en este mundo; esa es tu primera misión, y la segunda es acompañar y servir a los demás”. En ese instante, comprendí por qué todo esto me hacía feliz, incluso 35 años después.


Luego llegó un nuevo cambio: decidimos, junto a nuestros hijos, mudarnos a otro país. Para mí, era la sexta vez que cambiaba de rumbo, y como siempre, prioricé a mi familia. Aunque me encantaba vivir cerca de la playa y había encontrado mi propósito allí, sabía que lo más importante era ver a mi marido y a mi hijos felices. Cada cambio lo vi como una oportunidad para aprender, conocer nuevas culturas y compartir lo que podía ofrecer.


Cuando otros me preguntan cómo aguanto los cambios, les digo que he aprendido a adaptarme, como un todoterreno. Enfrentar desafíos me ha enseñado a encontrar caminos donde no parecen existir. Pero eso no significa que todo sea fácil. También hay sufrimiento, quejas y arrepentimientos. A veces me pregunto cómo sería mi vida si fuera perfecta, pero sé que esa búsqueda es una ilusión. La vida perfecta no existe, y la idea de buscar la felicidad en todo momento es engañosa.


Lo que realmente existe son las imperfecciones y lo difícil. En esos momentos difíciles es cuando realmente pongo a prueba todo lo que he aprendido, porque es allí donde crezco. Reconozco que aún me queda un largo camino por recorrer, pero también celebro cada pequeño avance.


¿Y la felicidad? ¿Qué nos intentan vender? He aprendido que la felicidad no es algo que se busca, sino que se construye, momento a momento. Se forja desde adentro, a través de mi relación conmigo misma, con paciencia y amor. Se trata de hacer las paces con las situaciones difíciles, de aprender a abrazar mis historias, incluso las que me duelen. Y ahí es donde encuentro esa felicidad sin motivo.


Este viaje hacia la sanación es un proceso, un acto de amor hacia mí misma y hacia los demás. Es un camino de autenticidad, donde permitimos ser vulnerables y nos permitimos abrazar la vida en toda su complejidad. No estoy aquí para ofrecer soluciones mágicas, sino para recordar que en cada desafío, en cada imperfección, hay una oportunidad para crecer, para aprender y para conectar con lo que realmente importa.


Esto es solo el comienzo...

 
 
 

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